Brahms y su Requiem

Es de esas oportunidades que no se pueden dejar pasar. Bien es cierto que esas oportunidades se presentan si te gusta ese tipo de música. Y es, precisamente esa, la que a mí me entusiasma, me emociona e incluso me sobrecoge en ocasiones. Siempre que se me presenta la expectativa de ir a Madrid, una de las cosas que preparo es la opción de ver y escuchar algún concierto, bien de Música Coral, de Órgano, Sinfónica o cualquier otra manifestación de música clásica, folklórica o sudamericana. Confieso que los nuevos ritmos que se llevan ahora entre la juventud me parecen más una reivindicación que otra cosa.

De esta manera, pude enterarme de que uno de los días de mi estancia en Madrid, se iba a celebrar un concierto que no podía desdeñar ni pasar por alto. Aunque el fin último sería escuchar un concierto de música sinfónica, también me interesaba conocer más la capital del Estado. Ya he comentado en varias ocasiones, que Madrid tiene mucho que ver, es amplísima su paleta de barrios, todos distintos por desiguales y que merecen ser visitados, no sólo los que el turismo, nacional e internacional, visitan como la Plaza Mayor, la Almudena y el Palacio Real o el Museo del Prado. También merece la pena visitar los barrios de Salamanca, Malasaña, Chueca, Carabanchel, Usera, Chamberí, Caravaca y otros más allá. Sin olvidar el magnífco paseo y jardines a ambas orillas del Manzanares.

Por lo que yo he visto, si algo funciona bien en Madrid es el transporte urbano, sobre todo, el autobús. Pasan puntuales y cada poco tiempo en todas direcciones y es un paseo turístico muy barato. Merece la pena perder una mañana montado en un autobús de línea que te haga un recorrido envolvente por sus calles. Las distancias son amplísimas, por lo que lo mejor es elegir un medio de transporte público y la mejor opción es de superficie.

El concierto del que hablo se iba a celebrar en un lugar bastante alejado de donde estaba alojado, por lo que indagué cuál era la mejor opción para acercarme y, en este caso, era el metro, aunque debería hacer un transbordo. El Auditorio Nacional de Música de Madrid está situado en la c/ Príncipe de Vergara, 146, una calle, muy amplia, que tiene una longitud, en línea recta de 4,2 Kms. Llegué con tiempo para darme un garbeo por los alrededores y percibir que es una zona moderna, con edificios modernistas que difiere mucho de lo que vemos en Madrid Centro. Junto a una boca de Metro, surge un edificio que, en el exterior, su fachada combina el ladrillo caravista con unos grandes ventanales, no llama mucho la atención por tener una gran belleza estética. Diría que el arquitecto no ha querido crear un edificio grandilocuente, que llame la atención a primera vista. Me sorprendió por su simpleza de formas, me esperaba más magnificencia.

Una vez dentro, el hall que antecede a la Sala Sinfónica se presenta a nuestros ojos como un interior moderno, de lineas nada marcadas, muy sobrio, mucho mármol, mucha luz y una gran limpieza. Los sofás que ofrece tanto el vestíbulo como sus costados, cómodos pero austeros de lineas y un color granate muy socorrido. La entrada a la Sala Sinfónica es fácil, tres puertas se abren adoptando su interior el concepto de «viñedo» alrededor del escenario, sugeriendo la misma fórmula que se utiliza en la cnstrucción de las bodegas con los viñedos en su derredor. Es decir, los músicos y artistas tienen al publico asistente a su alrededor, por delante, por detrás y a sus costados. Habría que acudir a unos cuantos conciertos, eligiendo en cada ocasión una butaca en las distintas partes del auditorio, para contemplar todas las posibilidades tanto acústicas como de visión. No debe ser igual, estar en Butaca de Patio que ver las espaldas de los músicos y la cara del Director.

Vestíbulo de entrada 

Vista general de la Sala Sinfónica del Auditorio Nacional

Por deformación de aficionado al órgano, y aunque no tuve oportunidad de escucharlo, haré una breve reseña del imponente instrumento construido por Gerhard Grenzing que preside la Sala. Fue construido en el año 1987, mide 12 ms de altura, cuenta con más de 5.700 tubos, dispone de 4 teclados manuales  y pedalero, posee transmisión mecánica (con acoplamientos mecánicos y eléctricos) y registración eléctrica, con un combinador programable y su caja fue diseñada por el arquitecto Simon Platt combinando elementos de la tradición organística centroeuropea con características de las escuelas ibéricas. Encaja muy bien dentro del conjunto y le dá a la Sala una grandeza con su sola presencia.

La sala se fue llenando a pesar de que el precio de las entradas no era barato precisamente, aunque a mí me impacientó la parsimonia de que hicieron gala, quizá los más habituales en acudir a ese recinto, por lo que el  inicio del concierto sobrepasó ampliamente la hora prefijada. Poco a poco fueron apareciendo en el escenario los músicos de «Le Concert des Nations«, orquesta creada en 1989 por su Director Jordi Savall cuyas características  más llamativas son que utiliza con asiduidad instrumentos de época e interpreta un repertorio orquestal y sinfónico que va desde el Barroco hasta el Romanticismo, aproximadamente desde 1600 a 1850. Su nombre está tomado de una obra de FranÇois Couperin titulada «Les Nations». Desde sus inicios, la formación puso de manifiesto el firme propósito de dar a conocer un repertorio histórico de gran calidad a través de interpretaciones que respetan rigurosamente el espíritu original de cada obra, pero realizadas con una voluntad revitalizadora. Me llamó la atención la jóven «concertino» de la orquesta, Lina Tur Bonet, reconocida por la prensa internacional por su virtuosismo, combinado con una musicalidad en su instrumento poco común. por su viveza y empatía para con los músicos desde el primer momento en que les dió la nota adecuada para conseguir el mismo tono en todos los instrumentos. Es, nada menos,que profesora adjunta de la Escuela Superior de Música «Reina Sofía», donde sólo van los mejores, tanto los alumnos como los profesores..

A continuación hizo acto de presencia, el Coro «La Capella Nacional de Catalunya«. Me llamó la atención su colocación, con las sopranos y los tenores a un lado, detrás de los violines y las contraltos y los Barítonos al otro lado, detrás de los chelos, separados ambos grupos unos 15 ms. Este coro «profesional», fundado originalmente a la par que la orquesta anteriormente citada, con 25 voces de la «Capella Real de Catalunya», decidió hace 5 años y para poder llevar a cabo, con éxito, un repertorio de más enjundia, seleccionar unas 15 jóvenes voces nuevas que unidas a las más veteranas han constituido el primer coro profesional en Catalunya especializado en la interpretación basada en el conocimiento de las prácticas históricas. Me atrevería a decir que todos sus componentes están entre los 30 y los 40 años, por lo tanto son voces, además de diferenciales, en su plena madurez como pudieron demostrar en el Auditorio Nacional. Y si unimos a una orquesta de reconocido prestigio internacional, un coro joven y profesional, dirigidos por la maestría de un director como Jordi Savall, se dará la conjunción de unas condiciones únicas para que cualquier cosa que interpreten suene como su compositor así lo quiso en su época, por su fidelidad histórica a la partitura y su excelencia artística.

Por último, se presentó en el escenario el capitán de esa nave junto a los dos solistas: la soprano Lina Johson y el barítono Mattías Winckhler. El maestro Jordi Savall que, además de muchas otras cosas, ha conseguido, a través de una investigación histórica, conseguir una mirada renovada de la música, un legado para la posteridad que conecta pasado, presente y futuro.

                                                                El Maestro Jordi Savall

 

«El Requiem alemán», es una obra delicada en su mayor parte, destinada por Brahms no a rezar por los muertos sino a consolar a los vivos, fue, más bien, como una musical confesión personal  rememorando la vida y la muerte, embellecida con una música que produce una tremenda emoción interior, limpieza en la expresión y una impresión artística muy digna. Puede parecer un poco cuadrado o serio, incluso  aburrido como manifiestan algunas personas hoy en día, pero está bellamente escrito y es realmente diferente a cualquier otra obra. Para aquellos a quienes no les gusta o les parece aburrido, ¿cuántos tienen en cuenta el dolor genuino que hay detrás, el que Brahms estaba experimentando en ese momento por la pérdida de su querido amigo Robert Schumann y su propia madre antes de escribirlo? También me parece una obra suave, tierna y sensible, e indispensable para comprender los sentimientos de Brahms por lo sagrado. Si bien generalmente no se considera una obra religiosa, ciertamente se la puede tener por una obra sagrada. Brahms que era agnóstico, compuso esta obra sobre textos bíblicos, pero escogiéndolos de modo que se reflejaran mucho más los aspectos humanos de la muerte que los estrictamente religiosos, por lo que supone una contribución muy especial al «género«, ya que no se trata de una «Misa de Requiem» propiamente dicha. Para todos los que la encuentran «aburrida«, deberían estar obligados a mencionar la interpretación que han escuchado. Hay diferencias.

Y yendo ya a la crítica directa, comparándo la mía con la de dos críticos mucho más expertos que yo tanto musicalmente como en el campo de la crítica, me adelanto a decir que coincido con ellos en casi todo. Y vamos por partes:

  • La orquesta: En cuanto a su sonoridad habría que destacar y elogiar el equilibrio entre los instrumentos y la riqueza de colores que consigue Savall. Considero, aunque yo no estoy preparado para dar una opinión cualificada, pero es la mía,  que la interpretación permite escuchar detalles que a menudo quedan ocultos en las versiones con grandes orquestas modernas por la utilización inteligente de instrumentos de época y primar más una sonoridad más cálida y equilibrada. Los pequeños desajustes que los críticos señalan, los habrán oído ellos, yo, no.La labor de su concertino, Lina Tur Bonet, destacó para que se diesen unas articulaciones estables, iguales y en continuo cambio. Tur Bonet demostró una constante y trabajada labor férrea mediante esa enérgica y pasional interpretación tan propia, no paró quieta ni un momento en su asiento sin respaldo, y que es tan eficaz para mantener la estabilidad y conjunción de una orquesta de estas dimensiones.
  • El Coro: Teniendo en cuenta que han sido elegidos por toda Europa, después de hacer un llamamiento a través de todos los medios conocidos a su alcance, sus 40 miembros dieron un recital de bien cantar coral. Extraordinario empaste y afinación, gran expresividad y claridad en la dicción en un alemán que no es la lengua materna de ninguno de ellos. La cuerda de barítonos-bajos no me gustó, al principio, hasta que me dí cuenta de que todos ellos eran barítonos porque no son necesarios los bajos, sólo en contados momentos, por la tesitura de la obra. Después, en los unísonos, que tuvieron las 4 cuerdas, me entusiasmaron por su bello timbre y uniformidad. Magníficos, parecían 40 solistas. Pero lo que más llamó la atención de la formación vocal fue su expresividad y musicalidad, realizando un espléndido trabajo de música de conjunto y estableciendo una continua comunicación entre todas las cuerdas por muy distantes que éstas se encontraran. Cuánto daría por introducirme en una sola obra en medio de ellos y tratar de estar a su altura.
  • Solistas: La soprano Lina Jhonson, estoy de acuerdo con Xavier Rivera, cuando comenta que tiene una voz exquisita pero en su solo de Madrid le faltó emoción, fuerza, empuje, valentía. Me gustó mucho más el barítono, con una calidad y calidez de voz perfecta, muy en su sitio e incluso muy teatral en su rigidez anatómica.
  • El Director Jordi Savall, no soy yo el más indicado para criticar su actuación , pero una vez más estoy de acuerdo con las dos críticas leídas en las que se pone de manifiesto que consigue una interpretación coherente, natural y profundamente respetuoso con lo que concibió Brahms. Personalmente, no pude distinguir los pequeños desajustes instrumentales en algunos pasajes, mínimos, en los que se pierde el equilibrio entre el coro y la orquesta. A mí me pareció que se ahorraba muchos gestos, que no era nada efectista y que eso pasaba porque los músicos y coro se conocen a la perfección la obra y igual que él al instrumento sonoro que tiene delante. No necesita de aspavientos, ni movimientos grandilocuentes, más bien fue parco en el gesto, mediante un acercamiento lo más próximo posible al compositor empleando muy pocos medios físicos y muchos emocionales. En manos de Savall todo tiene lógica, fluye con una naturalidad pasmosa. Hubo momentos que, iluso de mí, pensaba: «Eso también lo sé hacer yo«.

Coro y Orquesta con instrumentos de época dirgidos por Jordi Savall.

Al finalizar su actuación el clamor fue apoteósico, todos los presentes en pie, aplaudiendo y gritando unos «bravos» que sonaban a sinceros. Por mi parte, al salir, rumiaba lo sucedido en la anterior hora y media, sin dar crédito a lo que había oído, por lo que dí por bueno hasta el último euro, que fueron muchos, que había pagado. Esa audición no se paga con dinero, es un dinero y un tiempo gastado con mucho gusto porque ha merecido la pena. Tardaré mucho tiempo en olvidar esa tarde del 19 de 0ctubre del año 2026.

 

 

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Javi