Una vez más, la anfitriona ha sido la nunca suficientemente bien ponderada Asociación de Jubilados de BBK, que ha organizado una excursión a las Salinas de Añana, con el añadido de la Torre Palacio de los Varona. Dos autobuses que albergaban en su interior 110 personas, nos llevaron , en un día magnífico, a disfrutar de las sorpresas que nos tenían preparadas «los de siempre» y los guías que nos iban a ir contando la historia, leyendas, mitos y chascarrillos que ese paraje depara. Y la primera sorpresa que nos cuenta el guía es que todo aquello a lo que estamos echando una mirada inquisitiva y sorpresiva desde la terraza existente al borde de la carretera, tiene ya más de 7500 años de historia. En estos momentos se está llevando a cabo un proyecto de recuperación para devolver todo su esplendor a esta antiquísima explotación salinera.
Ya siguiendo al guía nos dispusimos a saborear una inolvidable visita a este conjunto arquitectónico, paisajístico, arqueológico, geológico y medioambiental único en el mundo. Al menos yo no he visto cosa igual ni he oído que exista algo parecido. Siguiendo las indicaciones del guía pudimos conocer la historia de esta particular arquitectura de terraza, con forma de las eras que todos los que peinamos canas hemos conocido en Castilla, construidas en piedra, arcilla y madera desde los tiempos de los romanos.
Durante miles de años la SAL ha sido un producto básico para la salud y la vida de los seres humanos, quienes han llegado a encontrar más de 14.000 usos para la única piedra comestible. Sin embargo, el descenso de su precio, debido al avance de la industrialización y a una publicidad negativa achacando a la sal el ser la causante de numerosas afecciones para la salud, ha llevado a demonizar este preciado producto, conocido desde la antigüedad como el oro blanco. Sin tener en cuenta que no todas la sales son iguales y que, sin sal, el cuerpo humano no puede sobrevivir.
La primera pregunta que te viene a la mente es ¿por qué hay sal en este lugar?, alejado del mar. ¿De dónde surgen estos manantiales de agua con una salinidad muy superior a la del mar? El guía nos fue descubriendo, de manera muy amena, estas preguntas, mientras seguíamos el trazado de los cientos de canales de madera que van distribuyendo el agua salada de los manantiales por toda la extensión de las salinas. Nada menos que 120.000 m2. La respuesta a esas preguntas es que hace muchos miles de años, las Salinas de Añana se encontraban sumergidas bajo un gran océano. La evaporación de sus aguas provocó la deposición de gruesas capas de «evaporitas» en su fondo que, con el tiempo, fueron cubiertas por otros estratos. La existencia de sal en Añana se explica por el fenómeno geológico denominado «diapiro«. En líneas generales consiste en la ascensión hacia la superficie terrestre de los materiales más antiguos debido a su menor densidad, del mismo modo que una burbuja de aire inmersa en un líquido tiene un movimiento ascendente. Dejando al márgen esos dos palabros que yo desconocía, simplificando, nos vino a decir que la sal pura y rica en minerales, quedó depositada, por evaporización, en un fondo, cuando se fueron retirando las aguas que, con el tiempo, han ido quedando debajo de otros estratos de sedimentos.
El agua de lluvia caída sobre ese «diapiro«, que es el verdadero vehículo de este fenómeno natural, atraviesa, en primer lugar, los estratos superiores de roca y después las capas de sal, aflorando de nuevo a la superficie en forma de manantiales hipersalinos. Los manantiales de Añana aportan un caudal medio de unos 2 litros por segundo, con una concentración salina en torno a 240 gramos/litro, cuando el agua de nuestro mar Cantábrico no pasa de 35 gramos/litro.

Luego, es el sol el que juega un papel primordial en el proceso de convertir ese agua en sal. Según sea su intensidad así será la velocidad de secado y cristalización. Esta situación hace que este tipo de sal sea un bien escaso y de temporada, cuando más pega el sol en verano. Si a esto le añadimos el viento y la brisa procedente de las lomas vecinas, proporciona una situación inmejorable para determinar la pureza de estos critales de sal. Aquí no se añaden productos químicos ni maquinaria industrial. Todo es artesanal, se trabaja a mano con los mismos utensilios que se utilizaban hace miles de años.
Siguiendo los pasos y las explicaciones del guía, por un paseo de más de 400 m, fuimos visionando las sendas, las eras de unos 20 m2 cada una, los canales con su sedimento de sal a los costados, los entramados de pilares de madera donde su guarda la sal una vez ya recogida. La época de elaboración de sal varía cada año en función de las condiciones meteorológicas. Comienza, generalmente, en mayo y termina en septiembre. A partir de este mes las largas noches retrasan el proceso de evaporación y un año con continuas lluvias estropean la escasa sal que se obtiene. Durante el resto de los meses los salineros realizan trabajos de recuperación y mantenimiento de las salinas de cara a la temporada de producción. Al terminar la visita y en el módulo existente de envasado, las envasadoras a las que pudimos ver a través de una critalera para no molestarlas, trabajan todo el año para limpiar, envasar y etiquetar la sal.

Envasadoras en pleno trabajo.
Terminamos la visita agradeciendo las atenciones al guía dejándonos el poso de un Valle Salado de Añana que figura como paisaje cultural y natural de la sal con más de 7.500 años de producción, en pleno proceso de recuperación para devolverle su sostenibilidad.

No terminaba ahí nuestra excursión ya que después de hacer una rápida transición en autobús, nos dirigimos a un lugar que te transporta a un tiempo que parece haberse detenido, donde cada piedra y cada sendero nos cuentan una historia milenaria. Hablamos de Villanañe, un pequeño concejo de 121 habitantes, una joya de pueblo en el idílico Valle de Valdegovía, en el País Vasco, un destino que cautivará de manera inesperada a quien venga hasta aquí, por su belleza natural y su rico pasado. Según la tradición, Rui Perez, gran almirante de la flota goda, ordenó la construcción de la torre en el año 692. Su figura, entre la historia y la leyenda, marca el origen mítico de Villanañe. Esa leyenda cuenta que tras la derrota cristiana en Guadalete, la torre sirvió de refugio estratégico para figuras clave de la resistencia visigoda. Por eso, la tradición cuenta que el Infante Don Pelayo encontró refugio en los robustos muros de la torre antes de ser coronado rey de Asturias. Esta narrativa, teñida de historia y mito, enriquece la mística del lugar.
La Torre de los Varona que, se alza sobre una planicie que le permite destacar, de esta manera, dominando las tierras circundantes, alcanza su forma definitiva, consolidándose como la principal y mejor conservada casa-torre de toda Álava. El linaje de los Varona marca profundamente la historia del lugar.Esta magnífica casa-torre, la principal y mejor conservada de toda Álava, se alza majestuosa en lo que fue el barrio alto del pueblo, hoy despoblado. Construida a finales del siglo XIV y restaurada a finales del siglo XX, conserva intacta su estructura original, ¡incluido su foso! Esta familia procede, también, de una leyenda a la que se le da visos de verosimilitud. Se dice, se cuenta y así ha quedado registrado, que María Pérez de Villanañe conocida como la «Varona de Castilla» que su leyenda comienza en el año 1109 durante las guerras entre los reinos de León y Aragón. Por aquel entonces María y sus dos hermanos luchaban a favor del rey de León y su madre Dª Urraca, quienes estaban en guerra contra el rey de Aragón Alfonso I el Batallador, este último cuñado de María pues ella estaba casada con su hermano, el infante Don Vela.

Casa-Torre de los Varona
Cuentan que los hermanos de María, Álvar Pérez y Gómez Pérez, la dejaron en casa mientras ellos se iban a batallar. No obstante, ella se vistió con la armadura de la familia y acudió a la batalla en Barahona, al sur de la provincia de Soria. En un momento dado, ella se separó de las tropas y se encontró, por casualidad, con el rey Alfonso I, con quien luchó y logró derrotar, haciéndole prisionero. El rey de Aragón, estupefacto por la pericia de María con la espada le dijo: «Habéis obrado, no como débil mujer, sino como fuerte varón y debéis llamaros Varona, vos y vuestros descendientes y en memoria de esta hazaña usaréis las armas de Aragón». Así perdió María el apellido Pérez y ganó, en buena lid, el de Varona. desde entonces, Este hecho, no recogido en las historias generales de aquellos tiempos, sí fue recogido en un poema de Lope de Vega. Villanañe es la cuna de los Varona, un linaje que ha contribuido a dejar una huella indeleble en la historia de Álava con su imponente casa-solar. Sus historias de caballeros y señores feudales resuenan en cada rincón de su torre que ha sido habitada por el mismo linaje de los Varona, ininterrumpidamente, desde su construcción, un caso único en la historia de Álava. De la misma manera, todos los primogénitos de la familia adoptan el nombre de «Rodrigo«. Hoy en día sigue vivo un Varona de nombre Rodrigo, naturalmente, que, debido a su avanzada edad, ha abandonado hace unos pocos años la casa-torre para irse a vivir en Vitoria.

Especie de romana para elevar el puente Foso en tres lados de la Casa-Torre de los Varona
En los últimos años del siglo XX, todo el conjunto ha sido restaurado, dejando en tres de sus lados un foso con agua, así como unos pequeños puentes que salvan las dos entradas, aunque en su interior todavía conserva varios espacios que han mantenido su carácter tradicional con muebles originales de sus propietarios, los interesantes papeles pintados, una buena colección de cerámicas y arcones. Una vez en su interior y arropados por un guía que nos fue explicando esos detalles de interés y valor histórico que la familia ha sabido mantener, nos fue explicando la significación de cada rincón de la casa, pasando por las distintas estancias entre las que destacan, en el atrio de entrada, un curioso dibujo en forma de rosetón realizado con cantos rodados y que tiene el mismo diámetro que la campana mayor de la catedral de Toledo, mientras que el grosor del círculo exterior es también el mismo que el de la citada campana. Se ignora quien mandó hacerlo ni el motivo por el que quiso reproducir las magnitudes de la campana toledana, pero circulan miles de historias al respecto. Ya en los pisos de arriba, una colección de papeles pintados recubren las paredes de varias de las estancias, que impresionan por su colorido y lo que representan. Estos papeles fechados s.XVII-XVIII que se encuentran perfectamente conservados, sustituyeron a los tapices que anteriormente habían cubierto las paredes del Palacio. Aparte de estos llaman la atención los suelos de cada una de estas estancias, en unos casos de porcelana de Manisses, con representación de cuatro escenas del Quijote, en otros casos de madera con detalles pictóricos. Dejo aquí unas muestras de varias estancias.

Rosetón de cantos rodados en el atrio de la casa.- Una de las habitaciones.- Piano vertical
Llegaba la hora de comer y nos dirigimos, atravesando el Condado de Treviño, feudo incardinado en el País Vasco pero perteneciente administrativamente a Burgos, hasta uno de sus 46 concejos, Askarza, donde se encuentra, escondida, una sidrería en la que nos dispusimos a degustar el menú propio de ese tipo de establecimientos: Tortilla de bacalao, bacalao frito con pimientos, chuletón y, de postre, nueces, membrillo y queso. Uno de los comensales, al finalizar el ágape y la tertulia posterior, dejó caer una frase que resume perfectamente lo qu allí sucedió: «Es la mejor sidrería «guipuzcoana» situada en Burgos«. Llevamos 11 años yendo a sidrerías guipuzcoanas y confirmo que ésta mejora a todas ellas. A mi forma de ver, era precisamente la sidra de cosecha propia, la que bajaba un poco, pero el resto, incluido el talo con chistorra con la que nos obsequieron como entremés, estaba delicioso y las chuletas, puro manjar.

Las chuletas que degustamos.
Estas son las excursiones que me gustan. Está todo organizado, sólo tienes que dejarte llevar. Lugares cercanos muy interesantes de visitar. Y una opípara comida en agradable compañía.


