No me olvido de la OTAN, la Asamblea de las Naciones Unidas, la Unión Europea, meras comparsas para que unos pocos vivan opíparamente a costa del erario público. Y por alzamiento, ¿qué pasa con los Jefes de los Estados? Más parece que se muevan por intereses personales que por el pueblo al que representan y que, tampoco me olvido, les ha elegido.
Muchos serían los temas a discernir, pero hoy voy a poner el foco en uno que, quizá para algunos parezca de tono menor ante lo que nos toca conocer cada mañana. ¿Qué será lo siguiente? Cada día que pasa nos levantamos con noticias más espeluznantes, más inquietantes, más sorpresivas. Nuestra capacidad de asombro está llegando a su límite aunque no sepamos, a la vista de lo que sucede a diario, dónde se encuentra ese límite (o cuánta sea la amplitud de ese límite)
Desde primeros de noviembre del 2024 estamos asistiendo a la entronización de un «dios» en la tierra. No voy ni a nombrarle porque su sólo nombre me da naúseas. Pero todos sabemos de quién hablo. Desde el mismo día de la confirmación de su victoria electoral se ha erigido, no sólo en presidente de su país, sino en el dueño y señor de todo el globo terráqueo. Hace y deshace a su gusto, marca el ritmo y los tiempos del paso que deben seguir las naciones y todas deben de plegarse a sus designios o, en caso contrario, surgen las amenazas. A su libre albedrío, según haya sido su sueño nocturno, sin importarle quién caiga, a quién hace daño, y a quien la vida ajena le importa un bledo.
Cómo es posible que se nombre presidente del país que se dice «el más poderoso del mundo» y «el guardián del mundo civilizado«, eso sí, después de su victoria en las urnas, de esto tampoco me olvido, a un ser que, por primera vez en la historia de ese país, repite legislatura después de haber sido juzgado por delitos graves, y que fue declarado culpable el 30 de mayo de ese mismo año, por 34 cargos de falsificación de registros comerciales, con el fin de pagar a una actriz porno para que no se conocieran las relaciones sexuales entre ambos en 2016. En la actualidad, ese señor sigue esperando juicio por 48 cargos en tres causas penales pendientes con la Justicia, según el recuento realizado por uno de los diarios más influyentes de su país. Más claro, cómo se puede ser elegido presidente de un país una persona que ha sido condenada y, por lo tanto, es un delincuente que debería estar encerrado, no sé si en una cárcel o en un psiquiátrico y, como queda demostrado en el tiempo transcurrido desde entonces, peligroso.
Muchas han sido sus decisiones, sus decretos, hábilmente televisados para todo el mundo, incluso algunos en contra de su propio país donde ya se están visualizando claramente los errores de sus políticas económicas, de las que sólo salen beneficiados sus amigos que son los que ya no tienen capacidad para contar todo el dinero que tienen. Él está en las alturas y el resto del mundo tenemos que ser sus fieles vasallos porque solo él tiene las soluciones a todos los problemas de este planeta tierra.
Hoy me voy a fijar en una de sus decisiones. Quizá muchos no estén de acuerdo conmigo pero quiero ejercer mi libertad para decir lo que pienso. Todos estaremos de acuerdo en que un tema muy importante que tenemos en las últimas décadas es la droga. Drogas cada vez más sofisticadas que matan a nuestros jóvenes, cuyos cárteles están manejados por potentes poderes financieros. También en su país, por lo que ha considerado que él ha sido elegido por Dios, para ser el nuevo dios en la tierra, erigiéndose en perseguidor, juez y verdugo de aquellos que transportan la droga. Bien sabe él y los que dan las órdenes de disparar, que estas personas son las últimas y más frágiles del eslabón de la cadena.
No, no estoy de acuerdo con las drogas. No comulgo con aquellos que promulgan hacer legales algunas de ellas. Es un mal en sí mismo. Debe de ser perseguida su venta y su consumo. Pero de esto a decidir ÉL por su cuenta, ir a por ellos con todo su arsenal militar, sin ni siquiera identificación, sin juicio en el que se puedan defender, sin temor al qué dicen las normas internacionales, ni las leyes de su país porque sabe que no le van a perseguir y condenar por ello. ¿Quién se cree que es? ¿Dios, para decidir sobre quién vive y quién debe morir?
En los últimos días se publicaba en los periódicos que, según el Servicio de Inteligencia Americano el nuevo «navío» atacado «transitaba por conocidas rutas del narcotráfico«. Sólo por eso, sin comprobar si realmente llevaba la droga o no. Un nuevo ataque letal con misiles contra una «presunta» embarcación «terrorista» porque «supuestamente» transportaba drogas. La acción, el ataque cinético lo llaman, se saldó con, al menos, tres víctimas mortales. Es decir, no sabían a ciencia cierta si transportaban droga y ni siquiera sabían cuántas personas iban en la embarcación. Qué más da, les da igual. Eso no es de su incumbencia. Eso sí, confirman que «ningún miembro de las fuerzas militares estadounidenses ha resultado herido«. Esto se ha llamado desde siempre, cinismo. Sólo hubiese faltado que el que apretó el botón para soltar los proyectiles se hubiera pillado un dedo y le hubiesen tenido que poner una tirita.
Les importa un comino que la ONU haya indicado en repetidas ocasiones que, en estas operaciones en las que han muerto ya alrededor de 150 personas, «no respeta los Derechos Humanos«. No respeta ninguna ley, añado yo, que soy también miembro de la ONU, ni nacional ni internacional. Les importa un bledo porque saben fehacientemente que nadie se lo va a echar en cara ni van a pagar por ello. De la misma manera que les están matando «manu militari«, les podían prender y juzgarlos penalmente, como han hecho con Maduro. Esto no les interesa, tienen que machacar a esas personas que lo único que hacen es transportarla, no la plantan ellos, ni la recogen, ni la procesan, ni la venden, ni la financian. A por estos no van porque son de los suyos.
Sin presentar pruebas, la Casa Blanca asegura que todos ellos eran narcoterroristas transportando drogas que terminan matando estadounidenses. A eso lo llama «legítima defensa«. La Carta de las Naciones Unidas es clara. Prohíbe el uso de la fuerza armada en las relaciones internacionales, pero contempla dos excepciones: Una, las intervenciones autorizadas por el Consejo de Seguridad, que no es el caso, y dos, la legítima defensa ante un ataque armado que, evidentemente, tampoco es el caso. La Constitución americana dice que es el Congreso quien declara la guerra, pero allí no se ha votado el uso de la fuerza armada. No es la primera vez que este debate surge en el país. Ya hubo presidentes republicanos y demócratas que usaron drones en Pakistán, Yemen, Libia para matar a presuntos terroristas. Quizá la diferencia es el descaro con el que ese «señor» admite lo que muchos consideran ejecuciones extrajudiciales, para que se me entienda mejor, son asesinatos y si, como él dice «estamos en guerra contra el narcotráfico«, son crímenes de guerra.

La Casa Blanca
Y este señor es el que demanda «para sí» el Premio Nobel de la Paz. No me extraña porque es un desequilibrado, de atar. Pero ¿todos los que le apoyan?


